Pasamos gran parte de la vida mirando hacia atrás. Revisar nuestra historia, recorrer el laberinto de nuestra infancia y desenterrar las raíces de nuestros dolores actuales es un paso fundamental en cualquier proceso de sanación. En nuestro diario Sano mis raíces, defendemos la idea de que mirar el pasado con compasión es la única manera de entender por qué hoy reaccionamos como reaccionamos, por qué ciertos miedos nos paralizan o por qué repetimos vínculos que nos lastiman.

Sin embargo, el viaje no termina en el descubrimiento del origen. Hay una delgada y peligrosa línea entre comprender nuestra historia y quedarnos a vivir en ella bajo el traje de víctimas.

Es muy común que, al empezar a registrar los vacíos emocionales de la infancia, las ausencias o las torpezas de nuestros cuidadores, aparezca un enojo legítimo. Un enojo que grita: "Por culpa de lo que me hicieron (o no me dieron), hoy soy infeliz". Esa es la herida de la culpa infantil. Pero si nos quedamos estancadas en ese reclamo, le estamos entregando las llaves de nuestro presente a personas o situaciones del pasado que ya no pueden cambiar.

Sanar la raíz no es buscar culpables para sentarlos en el banquillo de los acusados perpetuamente; sanar es el puente definitivo que nos lleva de la queja infantil a la responsabilidad adulta.

 

La trampa del afuera: Por qué es más cómodo culpar que hacernos cargo

Mirar hacia afuera es un mecanismo de defensa espectacular. Culpar a la economía, a la pareja, a la crianza que tuvimos, al jefe o a la mala suerte nos otorga un alivio inmediato.

¿Por qué? Porque si la culpa de lo que me pasa es del otro, la solución también depende del otro. Si mi infelicidad es responsabilidad de mi madre, entonces yo no tengo que hacer nada; solo me queda sentarme a esperar que ella cambie, que me pida perdón o que repare mágicamente lo que rompió.

Esta postura nos sitúa en el lugar del niño herido. El niño, por su propia condición evolutiva, es dependiente y carece de herramientas para cambiar su realidad; si su entorno es hostil o carente, el niño es, efectivamente, una víctima de las circunstancias.

El problema surge cuando habitamos un cuerpo de treinta, cuarenta o cincuenta años, pero seguimos operando emocionalmente desde ese desamparo infantil.

El victimismo es una zona de confort extremadamente incómoda, pero conocida. Nos ahorra el esfuerzo de tomar decisiones difíciles, nos protege del miedo al fracaso y nos permite sostener la fantasía de que el mundo nos debe algo. Pero tiene un costo altísimo: la pérdida absoluta de nuestra libertad y de nuestra fuerza vital. Cada vez que decís "Yo soy así porque a mí me hicieron...", estás decretando que tu presente está encadenado al ayer. Estás renunciando a tu poder.

 

El despertar de la consciencia: El dolor que libera

El paso de la culpa a la responsabilidad no sucede de la noche a la mañana, ni es un proceso lineal. Es un quiebre en la consciencia que suele comenzar con una pregunta incómoda que nos hacemos frente al espejo en un momento de saturación: “Esto que me duele, esto que me enoja... ¿qué tiene que ver conmigo hoy?”.

Dejar de victimizarnos implica asumir una verdad que al principio puede resultar sumamente dolorosa, pero que encierra la semilla de la verdadera liberación: Nadie va a venir a salvarnos.

Nadie va a retroceder en el tiempo para darnos la infancia perfecta que merecíamos. Nadie va a adivinar nuestras necesidades actuales si no las comunicamos. Ninguna pareja va a llenar el vacío de un autovalor que no construimos nosotras mismas.

Asumir la adultez emocional requiere aceptar la realidad tal cual fue y tal cual es. Significa mirar a nuestros padres o cuidadores ya no desde los ojos del niño que exigía perfección, sino desde la mirada del adulto que entiende que ellos también hicieron lo que pudieron con los recursos que tenían. Dejar de culpar no es justificar el daño; es elegir que el daño deje de ser el director de orquesta de nuestra vida actual.

 

Responsabilidad no es culpa: Una aclaración necesaria

Es fundamental que en este refugio de calma no confundamos responsabilidad con culpa. La culpa es un peso muerto, juzga, castiga y nos hunde en el autoreproche. La responsabilidad, en cambio, es una mirada hacia el futuro, es una fuerza constructiva y expansiva.

  • La culpa dice: "Todo es mi culpa, lo hago todo mal, soy un desastre".
  • La responsabilidad dice: "Esto es lo que me pasó, estas son mis cartas hoy. ¿Qué elijo hacer con esto a partir de ahora?".

Hacerse cargo de la propia vida no significa que seas responsable de las cosas dolorosas que te ocurrieron cuando no tenías herramientas para defenderte. No sos responsable de las actitudes de los otros. Pero sí sos absolutamente responsable de tu proceso de sanación actual.

La adultez es, ante todo, la capacidad de responder (respond-habilidad). Es pasar del automático "¿Por qué me pasa esto a mí?" al consciente "¿Para qué voy a usar esto que me pasa?". Es decidir qué hacemos con la herencia emocional que recibimos: si la repetimos como un mandato ciego o si la transformamos en abono para florecer de una manera diferente.

 

Herramientas para habitar la vereda de la responsabilidad

¿Cómo se traduce este cambio de perspectiva en el día a día? Aquí te compartimos tres movimientos internos que podés empezar a practicar hoy mismo:

  1. Monitoreá tu lenguaje: Prestá atención a cuántas veces tus frases empiezan con un "Es que el otro...", "Es que el país...", "Es que mi pasado...". Intentá reformular el relato en primera persona: "Hoy me siento insegura con esto", "Hoy elijo poner un límite en esta situación". Reclamá la autoría de tus días.

 

  1. Abrazá a tu niña herida, pero tomá el volante vos: Cuando sientas que te gana el berrinche, la queja o el impulso de abandonar un proyecto culpando al entorno, respirá profundo. Reconocé que ahí hay una parte tuya que tiene miedo o se siente desamparada, pero recordale con amor: "Acá estoy yo ahora. Yo soy la adulta y yo te cuido".

 

  1. Elegí tu propia calma: Dejá de esperar que los demás validen tu proceso o cambien para que vos puedas estar en paz. Tu bienestar no puede ser rehén de la madurez de otra persona. La llave de tu templo la tenés vos.

 

Sanar nuestras raíces y abrazar la madurez, es darnos cuenta de que ya no necesitamos culpar a nada ni a nadie. El viaje es hacia adentro. Las respuestas están abajo, en la tierra que pisamos, en la decisión diaria de construir, con lo que hay y con lo que somos, una vida verdaderamente nuestra, auténtica y en libertad.

Con Amor, 

Tere & Vicky