La culpa materna

Cómo dejar de exigirnos para empezar a amarnos

 

Hay una sensación que muchas madres conocen bien: la culpa.

Esa voz interna que aparece casi sin darnos cuenta —cuando levantamos la voz, cuando necesitamos un momento a solas, cuando algo no sale como esperábamos— y nos susurra que podríamos haberlo hecho mejor.

La culpa materna nace muchas veces del amor, pero también de una autoexigencia que nos aleja de la calma y del disfrute. Queremos hacerlo todo perfecto, estar siempre disponibles, no fallar. Pero en ese intento por ser suficientes para los demás, a veces nos olvidamos de serlo para nosotras mismas.

 

La raíz de la culpa

La culpa no aparece de la nada.

Tiene raíces profundas que suelen hundirse en nuestra propia historia: en cómo fuimos miradas, cuidadas, escuchadas (o no) cuando éramos niñas.

Desde la infancia aprendemos qué se espera de nosotras, cómo “deberíamos” ser para ser queridas, y muchas veces cargamos esos mandatos en la maternidad sin darnos cuenta.

Las neurociencias y la psicología coinciden en que las experiencias tempranas dejan huellas emocionales que modelan nuestra manera de vincularnos, de cuidarnos y de poner límites.

Por eso, sanar la culpa no se trata solo de cambiar pensamientos, sino de mirar hacia atrás con compasión y reconocer de dónde viene esa voz que tanto nos exige.

 

 

De la culpa a la responsabilidad amorosa

Cuando empezamos a mirarnos sin juicio, entendemos que la culpa puede transformarse.

Deja de ser un peso para convertirse en una guía.

La culpa consciente nos muestra algo que necesita atención; la culpa castigadora solo repite viejos mandatos.

El camino no es eliminarla, sino transformarla en responsabilidad amorosa: reconocer lo que sentimos, reparar cuando sea necesario y seguir adelante sin quedarnos atadas al reproche.

Eso también es amor: permitirnos ser humanas, imperfectas, reales.

 

Empezar a amarnos

Amarnos en la maternidad no es egoísmo, es equilibrio.

Cuando nos tratamos con la misma ternura que damos, algo cambia: el vínculo se vuelve más genuino, más libre, más presente.

El bienestar de una madre no compite con el de sus hijos, lo nutre.

Volver a nosotras, cuidar de nuestro mundo interno, es una forma de cuidar también a quienes amamos.

 

Un camino para sanar tus raíces

Sanar la culpa es, en el fondo, sanar nuestras raíces.

Mirar con amor la historia que nos trajo hasta acá, reconocer las huellas de la infancia y las figuras que marcaron nuestra manera de maternar.

Por eso creamos el diario “Sano mis raíces”, una guía de 28 días para acompañarte en ese viaje interior:

un espacio para pasar de la culpa a la responsabilidad,

de la exigencia al autocuidado, de la herida al amor propio.

 

Cada página te invita a escribir, reflexionar y reencontrarte con tu historia desde un lugar más compasivo.

Porque cuando sanás vos, también sanan los vínculos que te rodean.

 

Empezá hoy tu camino de sanación interior.

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