Hay una pregunta que muchas mujeres no llegan a decir en voz alta cuando se convierten en madres: ¿quién soy ahora?
No porque no exista, sino porque incomoda. Porque no tiene una respuesta clara. Porque abre algo que no siempre sabemos cómo sostener. Y entonces, en lugar de detenernos ahí, seguimos. Hacemos, resolvemos, cuidamos, estamos.
Pero en ese seguir constante, algo empieza a quedar en segundo plano: el vínculo con nosotras mismas.
Muchas mujeres llegan a ese punto mucho antes de la maternidad. Pero es cierto que, cuando nos convertimos en madres, esa desconexión suele profundizarse. No sólo por la demanda real, concreta y diaria que implica cuidar a otro, sino porque en ese proceso ocurre algo más silencioso y más profundo: cambia nuestra identidad.
La maternidad no es sólo un evento. Es una transformación.
Una transición psíquica, emocional y vincular que nos atraviesa por completo. Un pasaje en el que dejamos de ser quienes éramos… sin tener del todo claro quiénes estamos siendo ahora.
A ese proceso se lo llama Matrescencia.
Y, como toda transición profunda, no es lineal, no es ordenada y no siempre es consciente.
En la matrescencia hay algo que se desarma. Caen certezas, formas de habitar el tiempo, de vincularnos, de percibirnos. Cambia el cuerpo, cambian las prioridades, cambian los ritmos.
Ya no somos exactamente las de antes. Pero tampoco terminamos de reconocernos en esta nueva versión.
Y ahí, en ese terreno incierto, muchas veces aparece la desconexión de nosotras mismas.
No siempre nos desconectamos sólo porque no tenemos tiempo. A veces nos desconectamos porque no sabemos cómo habitarnos en esta nueva identidad. Porque mirar hacia adentro implicaría encontrarnos con preguntas sin respuesta, con una sensación de extrañeza, incluso con angustia.
Entonces es más fácil —o al menos más automático— seguir mirando hacia afuera.
Organizarnos alrededor de lo que hay que hacer.
Sostener.
Resolver.
Llegar.
El hacer constante puede volverse un refugio. Pero también una trampa.
Porque mientras estamos ocupadas, no necesitamos preguntarnos qué sentimos. Mientras estamos agotadas, no necesitamos detenernos a pensar qué queremos. Mientras el cuerpo está al límite, la prioridad parece clara: sobrevivir al día.
Y sí, el cansancio en la maternidad es real. El cuerpo se pone, se entrega, se exige. Pero a veces ese agotamiento también funciona como una capa que nos protege de algo más profundo: el encuentro con nosotras mismas en un momento en el que no sabemos bien quiénes somos.
La desconexión, en ese sentido, puede ser leída no sólo como una consecuencia, sino también como un mecanismo de defensa.
Una forma de no entrar en contacto con ese vacío, con esa falta de referencia interna, con esa pregunta abierta. Pero lo que evitamos no desaparece. Se desplaza.
Aparece en forma de irritabilidad, de desgano, de tristeza difusa, de sensación de estar “haciendo todo bien” pero sin sentirse bien. Aparece en vínculos que se tensan, en la dificultad para registrar lo que necesitamos, en la sensación de estar viviendo en automático.
Y con el paso del tiempo, esa pregunta vuelve. A veces cuando los hijos crecen. Cuando ya no necesitan lo mismo. Cuando ya no hay que perseguir, ni sostener, ni estar en cada detalle. Cuando empiezan a hacer sus propias vidas. Ahí, muchas veces, algo queda al descubierto.
Si durante años la identidad estuvo organizada casi exclusivamente en torno al rol materno, cuando ese rol cambia, se transforma o deja de ocupar el centro, puede aparecer nuevamente esa sensación: ¿Quién soy ahora? ¿En quién me convertí? ¿En quién quiero convertirme?
Y esa pregunta puede ser profundamente movilizante. Porque no se trata sólo de recuperar algo que éramos antes, sino de construir una identidad nueva, integrada, que incluya todo lo transitado.
Volver a una misma, en este contexto, no es volver atrás. Es volver hacia adentro. Es animarse a habitar ese territorio desconocido con curiosidad en lugar de exigencia. Pero para eso, primero, hace falta poder detenerse.
Registrar.
Escucharse.
Y no siempre es fácil.
Porque no estamos entrenadas para eso. Porque durante mucho tiempo aprendimos a priorizar el afuera. Porque incluso puede aparecer culpa al ocupar tiempo en nosotras, al corrernos —aunque sea un poco— del lugar de disponibilidad constante.
Sin embargo, hay algo que es importante nombrar: no hay bienestar posible si estamos desconectadas de nosotras mismas. No es un lujo. No es algo que hacemos “si sobra tiempo”. Es una base.
Y volver no implica grandes transformaciones de un día para el otro. Implica pequeños gestos. Pequeñas pausas.
Momentos en los que la mirada se corre del afuera y se dirige hacia adentro, aunque sea por unos minutos. ¿Cómo estoy, de verdad? ¿Qué necesito hoy? ¿Qué me pasa con esta etapa? ¿Qué partes de mí quedaron en pausa? ¿Qué nuevas partes están emergiendo?
Son preguntas que no siempre tienen respuestas inmediatas. Pero el solo hecho de hacerlas abre un espacio distinto. Un espacio de contacto.
Volver a una misma también implica revisar el vínculo con la propia exigencia. Soltar la idea de que deberíamos tener todo resuelto, de que deberíamos saber exactamente quiénes somos en cada momento.
La identidad no es algo fijo. Es un proceso. Y en la maternidad, ese proceso se intensifica.
Nos transformamos, nos desarmamos, nos rearmamos. Una y otra vez.
También implica reconectar con el cuerpo. Volver a habitarlo, a escucharlo, a reconocer sus señales. El cuerpo muchas veces expresa lo que no estamos pudiendo registrar a nivel consciente.
Pero cada vez que nos hacemos un lugar, cada vez que nos escuchamos un poco más, cada vez que nos permitimos no saber y aun así quedarnos, algo empieza a reconstruirse.
Ese lugar al que podemos volver, incluso en medio del caos, incluso en medio de la demanda, incluso en medio de la transformación.
Ese lugar donde no tenemos que tener todas las respuestas.
Pero sí podemos empezar, de a poco, a hacernos las preguntas.
Con amor,
Tere & Vicky
