Hay algo que muchas veces no nos enseñaron: a vincularnos entre mujeres desde un lugar de confianza. Crecimos, muchas de nosotras, en una cultura que, de forma más o menos explícita, nos puso en competencia. Comparándonos. Midiéndonos. Haciéndonos sentir que había poco espacio, poco reconocimiento, poco valor… y que, de alguna manera, había que disputarlo.
Y sin embargo, hay otra forma. Una forma que no siempre aprendimos, pero que sí podemos construir. Porque cambiar la manera en la que miramos a otras mujeres también es parte de nuestro proceso interno. No es solo un movimiento hacia afuera: es también una reconciliación con nosotras mismas.
En uno de los espacios de reflexión del diario Construyo mi felicidad, escribimos estas palabras que hoy queremos compartirte:
“Cambiar nuestra mirada hacia las otras mujeres es posible.
Aprender a confiar y olvidarnos del divide y reinarás de esta sociedad también.
Porque entre las mujeres también contenemos, apoyamos, celebramos a las otras y nos queremos.
Entre las mujeres también nos impulsamos, nos divertimos y crecemos.
Entre las mujeres también compartimos, delegamos y lloramos.
Armar red para desarmar entretejidos sociales arcaicos y caducos que tanto daño nos han hecho.
Armar red para potenciarnos y crecer juntas, impulsadas las unas con las otras, cooperando.”
Este texto nace como una invitación. Una invitación a revisar cómo estamos habitando nuestros vínculos con otras mujeres hoy. Porque más allá de los discursos, lo que realmente transforma es la experiencia. ¿Quiénes son esas mujeres con las que podés ser vos?
No la que responde, la que puede, la que sostiene todo. Sino la que también se cansa, se emociona, se desarma, se ríe sin filtro. ¿Quiénes son esas mujeres con las que podés bajar la guardia?
A veces están cerca. A veces se alejaron. A veces están, pero no terminamos de abrirnos.
Y ahí aparece algo importante para mirar: no solo quiénes están disponibles, sino también cómo estamos nosotras en esos vínculos. Porque construir red no es solo encontrar a otras. También es animarnos a mostrarnos. A salir del rol de la que puede con todo. A compartir lo que nos pasa sin tener todo resuelto. A permitirnos ser vistas en lo real, no en lo ideal.
Y eso no siempre es fácil. Porque abrirnos implica vulnerabilidad. Implica confiar. Implica soltar, aunque sea un poco, el control.
Pero también es ahí donde aparece algo profundamente reparador. Porque cuando una mujer puede ser ella misma en presencia de otra, algo se afloja. Se afloja la exigencia. Se afloja la soledad. Se afloja esa sensación de tener que poder sola.
Por eso, más que preguntarnos solo qué nos aportan esos vínculos, también es valioso preguntarnos: ¿Qué aporto yo cuando estoy en un vínculo así? ¿Desde qué lugar me vinculo? ¿Desde la exigencia, desde la comparación… o desde la disponibilidad real?
Porque los vínculos no son unidireccionales. Se construyen. Se sostienen. Se transforman. Y en ese ida y vuelta, también nos vamos encontrando.
Armar red no es algo ideal o lejano. Es algo profundamente concreto. Es ese mensaje que mandás. Esa charla que habilitás. Ese encuentro que sostenés aunque no sea perfecto. Es elegir, de a poco, salir del aislamiento. Y también es revisar qué creencias seguimos sosteniendo sobre otras mujeres.
¿Desconfío? ¿Me comparo? ¿Siento que tengo que demostrar algo?
Poder ver eso sin juicio también es parte del proceso. Porque no se trata de forzar vínculos, ni de idealizarlos. Se trata de construir espacios donde podamos estar más enteras. Donde podamos ser. Donde podamos compartir la vida, en sus luces y en sus sombras.
Quizás no se trata de tener muchos vínculos. Sino de reconocer cuáles sí. Cuáles nos hacen bien. Cuáles nos sostienen. Cuáles nos permiten volver a nosotras. Y también, animarnos a ser eso para otras.
Porque cuando una mujer se habilita a estar en vínculo desde un lugar más genuino, no solo se transforma su experiencia individual. También empieza, de a poco, a transformar algo más grande. Ese entramado invisible que nos une. Ese espacio donde, en lugar de competir, podemos acompañarnos. Donde, en lugar de compararnos, podemos reconocernos. Donde, en lugar de aislarnos, podemos elegir construir una red humana, amorosa e imperfecta.
Con amor,
Tere & Vicky
