Hay una idea que muchas veces se malinterpreta: sanar a la madre no es cambiar a tu madre. No es que el vínculo se vuelva perfecto, ni que todo lo que dolió deje de haber existido, ni que de repente puedas tener una relación cercana si no la hay. Sanar a la madre es otra cosa. Es un movimiento interno.
Porque más allá de cómo haya sido —o sea— tu mamá, ese vínculo dejó una huella. Una forma. Una matriz. La forma en la que fuimos miradas, sostenidas, escuchadas o no. La forma en la que aprendimos —muchas veces sin palabras— qué esperar del amor, del otro, del vínculo. Por eso, sanar a la madre no es tanto sobre ella, sino sobre lo que quedó en vos, sobre cómo esa historia sigue operando hoy en tus vínculos, en tu forma de exigirte, en cómo te tratás, en lo que esperás de los demás, en lo que tolerás y en lo que callás.
El vínculo con la madre (al igual que con el padre u otra figura significativa de la infancia) opera como una de nuestras primeras matrices, y desde ahí muchas veces se organizan nuestras formas de vincularnos.
Cómo fuimos maternadas deja marcas, y esas marcas, si no se revisan, tienden a repetirse. No porque elijamos sufrir, sino porque es lo conocido. Sanar, entonces, no es negar esa historia, es poder mirarla con honestidad, sin idealizar, sin justificar, pero también sin quedarnos atrapadas en la queja o en la culpa. Es poder decir: esto fue lo que hubo, y desde ahí empezar a hacer algo distinto con eso.
Hay algo importante que nombrar: no siempre es posible —ni sano— tener un vínculo cercano con la madre. A veces poner límites es parte de la sanación. A veces tomar distancia es necesario. A veces la madre ya no está. Y aun así, el trabajo interno sigue siendo posible, porque no depende del afuera, depende de lo que hacemos con lo que nos habita.
Sanar a la madre también implica dejar de esperar. Dejar de esperar que sea distinta, que entienda, que repare, que dé lo que no pudo dar. Y eso no es resignación, es aceptar la realidad. Aceptar lo que fue, aceptar lo que es, y dejar de quedarnos en la lucha constante contra eso. Porque cuando seguimos esperando que el afuera cambie, postergamos algo propio: nuestra posibilidad de estar en paz.
En ese camino, también aparece algo profundo: soltar el lugar de la “niñita buena”. Esa parte que busca aprobación, que se adapta, que no pone límites, que intenta ser suficiente para ser querida.
Sanar a la madre también es empezar a correrse de ese lugar. Es animarse a ser adulta en el vínculo, a poner palabras, a decir que no, a elegir distinto, incluso si eso incomoda o duele.
Porque crecer también implica desidealizar y construir una relación más real, con la madre o con su ausencia, pero sobre todo con una misma.
Sanar no es dejar de sentir. No es que desaparezca el enojo, la tristeza o el dolor. Es que esos sentimientos dejan de gobernar tus decisiones, dejan de definirte, dejan de repetirse sin conciencia. Empiezan a transformarse, a ordenarse, a integrarse.
Sanar a la madre es, en el fondo, dejar de vivir reaccionando a esa historia para empezar a vivir desde tu propio lugar. Es hacerte cargo. No desde la culpa, sino desde la responsabilidad. De cómo querés vincularte, de cómo querés maternar —si sos madre—, de cómo querés vivir.
No se trata de borrar el pasado. Se trata de que el pasado no siga escribiendo todo tu presente.
Y ese es un proceso. No es inmediato, no es lineal, no es cómodo. Pero es profundamente liberador. Porque en ese camino, algo empieza a cambiar: la forma en la que te mirás, la forma en la que te hablás, la forma en la que te vinculás.
Y, de a poco, empieza a aparecer algo nuevo. Más propio. Más consciente. Más en paz.
Sanar a la madre no es volver a ella.
Es volver a vos.
Con amor,
Tere & Vicky
